El gigantismo económico y
financiero de este nuevo orden global, en
estos tiempos se percibe en la crisis
económica, pero la expansión de este
gigantismo se encuentra en todas partes del
mundo económico, en el cambio de escalas,
que superan a la humana, no sólo en el mundo
del capital, sino en el mundo global
empresarial (que no tiene límites a su
vorágine) en el crecimiento expansivo de los
grupos corporativos, en sus formas de
apropiación del mundo, de sus gentes y de su
naturaleza.
“Yo escribo para quienes no pueden
leerme. Los de abajo, los que esperan desde
hace siglos en la cola de la historia, no
saben leer o no tienen con qué”.
Eduardo Galeano, La dignidad del arte. El
libro de los abrazos, p. 140.
Un debate, económico?
La crisis financiera internacional, que
se hizo visible en los últimos meses de
2008, ha puesto nuevamente de rodillas a una
parte del mundo económico financiero global
y destacado una vez más, las enormes fallas
que el abordaje parcial de un problema
complejo dejado al albedrío de unos pocos y
sumado a la avaricia más extrema, puede
generar sobre cientos de millones de
personas.
Un sistema financiero que si bien siempre
lo estuvo, hoy en día se encuentra más
desconectado de su propia realidad económica
(Diagrama N° 1). Esa burbuja o economía
financiera, crece y estalla,
recurrentemente, puesto que está siempre
desconectada de la realidad, a la que afecta
de distintas maneras.
La desconexión del mundo financiero de su
realidad de sustentación, mostraba ya,
preocupantes señales de alerta cuando las
cifras de circulación financiera superaban
en diez veces el propio PBI mundial y que
luego permitieron que llegara a los números
actuales donde la desproporción es de 50
veces.
El aparato financiero está hecho para
“estimular” la producción de bienes o
servicios, de allí que una circulación
financiera del mismo orden del PBI mundial
era suficiente, alertaba el matemático Max
Dickmann de la Universidad Paris VII. Pero
el sistema se multiplicó loca y
descontroladamente. Si la masa disponible se
mide en unidades monetarias, esta
circulación de 50 veces el PBI global
significa que el 98 % del sistema es una
gran bicicleta financiera internacional.
Y he aquí, una primera aproximación a la
tremenda desvinculación que hay entre los
actores de los mercados financieros,
económicos y de los recursos naturales:
Desde el punto de vista de la estabilidad lo
grave, es que ese 98 % de la bicicleta
financiera circula a una velocidad infinita
como la de la luz, mientras que la
reproducción de bienes y servicios, el
restante 2 % lo hace en cambio a paso de
tortuga, pese a los saltos tecnológicos
(Naishtat, 2008). Y quién ha pensado, desde
este mundo económico, en las tasas de
reposición de la naturaleza?: nadie. Las
tasas de interés del mercado y las tasas de
reposición de la naturaleza, en muchísimos
casos, no son similares (Costanza y otros,
1999). Y eso es lo grave. Nos estamos
comiendo el mundo. Las primeras por
supuesto, superan a las naturales, en
cuantas veces al financista se les ocurra.
No obstante, a pesar de lo sucedido,
lamentablemente el mismo mundo, espera que,
desde la economía más ortodoxa (que
básicamente les subsumió en el problema),
vuelvan a salir las recetas mágicas que den
por cuenta de una solución y una búsqueda de
estabilización en ciclos inconclusos cada
día más recurrentes. Es justamente eso,
magia y no ciencia.
Increíblemente se han esfumado del
sistema, cientos de miles de millones de
dólares, y prácticamente las preocupaciones
principales de los actores económicos y los
decisores de políticas solo pretenden buscar
nuevamente un punto de estabilidad y
equilibrio, dentro del mismo entorno
económico, es decir, buscando
infructuosamente un relanzamiento del
capitalismo, sin comprender que las bases
del problema, están en este gigante con pies
de barro.
El gigantismo económico y financiero de
este nuevo orden global, en estos tiempos se
percibe en la crisis económica, pero la
expansión de este gigantismo se encuentra en
todas partes del mundo económico, en el
cambio de escalas, que superan a la humana,
no sólo en el mundo del capital, sino en el
mundo global empresarial (que no tiene
límites a su vorágine) en el crecimiento
expansivo de los grupos corporativos, en sus
formas de apropiación del mundo, de sus
gentes y de su naturaleza.
El camino del cambio para la mejora de la
vida en la tierra, no pasa por la economía
en esta escala, sino por el reconocimiento
de la dimensión humana en este mundo. E.F.
Schumacher planteaba claramente sus ideas
cuando en 1973, escribía su artículo Lo
pequeño es hermoso, donde ponía el énfasis
en el concepto del capital natural y
subrayaba a la economía alternativa basada
en una escala humana, descentralizada y
sustentada en tecnologías propias, ideas que
inspiraron a generaciones de ambientalistas.
Un cambio hacia una nueva racionalidad
ambiental.
La contradicción entre el capitalismo y
la sustentabilidad y estabilidad planetaria,
ha sido planteada por autores como Joel
Kovel, en su libro The enemy of nature. The
end of capitalism or the end of the world ?
(El enemigo de la naturaleza. El fin del
capitalism o el fin del mundo?, en 2002, que
alerta sobre las mismas cuestiones.
A pesar de todos sus logros, y de los
ejemplos que sostenidos en las ideas de
Scumacher en todo el mundo, el gigantismo
económico, de la mano de la globalización
financiera y económica (1), sigue primando
en las mentes y corazones de los economistas
y de quienes, lamentablemente, les siguen
escuchando. Así como hoy en día, se dejó
crecer una nueva burbuja inmobiliaria
apoyada en guarismos financieros
insostenibles incluso en los términos
económicos de mercado, de la misma forma, se
mantiene aún hoy un culto a la posibilidad
de la explotación de la naturaleza como si
tal situación no tuviera ningún límite
cercano. Pero hagamos un breve ejercicio de
historia.
Diagrama N° 1. La economía real y
financiera y su base de sustentación “no
registrada”: La naturaleza
Como disciplina académica, la economía
sólo tiene dos siglos. Adam Smith publicó su
libro pionero, La riqueza de las naciones,
en 1776. El aporte de Smith consistió en
analizar el modo en que los mercados
organizaban la vida económica y conseguían
un rápido crecimiento económico. A su
manera, intentó mostrar que el sistema de
precios y de mercados era capaz de coordinar
a los individuos y a las empresas sin la
presencia de una dirección central.
Quizás en el camino, quedaran conceptos
básicos que servirían para comprender
nuevamente lo que hoy sucede realmente.
Aristóteles, hacia uso del concepto de
crematística (del griego khrema, la riqueza,
la posesión), en el sentido que hoy día
damos a esta economía. Para el filósofo, la
crematística respondía a un conjunto de
estrategias que permitían a quién las
desarrollara acumular dinero sobre dinero y
por tanto poder y con este llevar adelante,
las decisiones más recalcitrantes. La
crematística de Aristóteles, era por cierto
una actitud condenable, contra natura que
deshumanizaba a aquellos que la
desarrollaban. Aristóteles ya concebía el
riesgo de que la crematística se
independizara de la economía y buscara, no
ya satisfacer la necesidad, sino un
enriquecimiento ilimitado. Eran los riesgos
de confundir al medio (el dinero) con un fin
en sí mismo. Queda claro, desde el vamos,
que cuando hablamos de economía en el mundo
de hoy, estamos hablando de crematística.
Lejos ha quedado la original e interesante
definición vinculada a la economía como la
administración de los recursos de la casa o
del medio.
Volviendo entonces a Adam Smith y casi
cien años más tarde, cuando las empresas
capitalistas comenzaban a extender su
influencia a todas las regiones del mundo,
apareció la exhaustiva crítica del
capitalismo, El Capital de Karl Marx (1867,
1885, 1894) que argumentaba que éste estaba
condenado y que pronto le sucederían
depresiones, revoluciones y que la única
alternativa posible sería el socialismo.
En los decenios posteriores, pareció que
los acontecimientos confirmaban las
predicciones de Marx. Los pánicos económicos
y las profundas depresiones de las décadas
de 1890 y 1930 llevaron a los intelectuales
del siglo XX a poner en entredicho la
viabilidad del capitalismo basado en la
empresa privada.
El socialismo tuvo gran preeminencia
desde 1917, y en los años ochenta cerca de
la tercera parte del mundo estaba gobernado
por doctrinas marxistas. El marxismo y el
progresismo actual, siguen compartiendo con
la economía neoclásica, las mismas ideas de
“progreso”, de optimismo tecnológico bajo un
brutal concepto de aprovechamiento y dominio
de la naturaleza.
Pero, las crisis siguieron y en 1936,
apareció La teoría general de la ocupación,
el interés y el dinero de John Maynard
Keynes, que describió una manera nueva de
enfocar la economía, que iba a ayudar a los
estados a atenuar los peores estragos de los
ciclos económicos por medio de la política
monetaria y fiscal.
En los años ochenta los países
capitalistas occidentales y los países
socialistas del Este redescubrieron el poder
del mercado para conseguir rápidos cambios
tecnológicos y elevar el nivel de vida de
sus sociedades, o por lo menos, de una parte
de ellas. En occidente, los gobiernos
redujeron las reglamentaciones que
regularizaban pautas de la industria y la
producción y liberalizaron los precios, y a
fines de los ochenta - 1989 – los países de
economía centralizada incorporaron
directamente la economía capitalista
(Samuelson y Nordhaus, 1995).
Hasta nuestros días, tenemos férreos
regímenes comunistas con economía de mercado
(China), parcialmente cuestionados por los
defensores de “la libre empresa”, que
sostenían en algún momento que esto podría
funcionar adecuadamente sólo bajo regímenes
democráticos. Quedan un poco retrasados y
desactualizados, los supuestos del
economista indio Amartya Sen, Premio Nobel
de Economía (1998), cuando argumentaba a
favor de estas ideas (2) en Democracia y
Libertad y sus muchas otras obras, de hecho,
desde EE.UU. y no desde la India.
Durante los noventa, y especialmente a
fines del presente siglo, la cuantiosa,
progresiva y sistemática expansión mundial
de las empresas transnacionales y de sus
inversiones de capital en la mayoría de los
países del mundo, el incremento del
intercambio comercial y la ya mencionada
desintegración del sistema socialista ruso,
han sido las principales causas que han
conducido el proceso de globalización y
transnacionalización de la economía. Los
países emergentes, con poblaciones y
territorios enormes, comienzan a pesar
fuertemente en el tablero económico global.
El grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y
China), son una demostración de ello al
igual que el G20.
Las empresas multinacionales cuentan con
una concentración, poderío económico,
financiero, comercial y tecnológico de tan
gigantesca magnitud que jamás se haya
conocido anteriormente (Minsburg y
Valle,1994).
Pese a este importante crecimiento
económico y aumento del bienestar de
determinados sectores junto con la
expectativa positivista que se tiene desde
la economía en las soluciones futuras
ofrecidas por la tecnología y el
aprovechamiento - ad infinitum - de los
recursos, son varias las cuestiones que
desde la economía neoclásica aún no tienen
respuesta o siquiera han sido planteadas.
Cuestiones claves de cara al próximo
milenio que ni siquiera se ha podido en
parte solucionar, tienen vinculación directa
con la sobreexplotación de los recursos
naturales, la subvaluación de estos (es
decir, el no reconocimiento de su verdadero
valor ambiental y no sólo desde el mercado)
la presión desenfrenada sobre los
ecosistemas, el aumento de la brecha entre
ricos y pobres, la distribución inequitativa
de la riqueza y el hambre creciente en el
mundo. Todo esto, bajo un escenario de
cambio climático que nos es contemporáneo y
cuyas secuelas en una recurrente suma de
catástrofes naturales o antrópicas, sequías,
inundaciones, pérdidas de producciones de
alimentos recién comenzamos a dilucidar.
De todas maneras, algo está cambiando en
la economía. La crisis financiera
internacional en los albores de este
milenio, presagia una importante
transformación (lo que no implica, cambios
mayores, no se alegre), en el capitalismo
global. O por lo menos así lo parece. Los
mismos economistas, apelan además a la
propia responsabilidad ética de las empresas
y la reforma del propio sistema (3). No es
mucho, pero por lo menos por un tiempo van a
intentar ser algo menos temerarios. Más, no
se les podrá pedir ni a ellos, ni a los
Estados que siguen a pie juntillas sus
recetas y recomendaciones. Se discuten por
otro lado, las consecuencias nocivas de la
desregulación y la libertad de los mercados
e incluso la posibilidad de dotar de
estructuras nuevas a la economía
internacional. Muchos sectores de la opinión
pública de los países desarrollados muestran
cierta aprensión con respecto al significado
real de la liberalización del comercio y a
sus efectos deletéreos. Inclusive, se
argumenta en favor de una mayor injerencia
gubernamental en la internacionalización de
la economía.
El modelo globalista del futuro ya no
resulta ni tan efectivo ni tan interesante.
Se lo solía presentar como una suerte de
panacea para la economía mundial. Ahora se
hacen evidentes sus limitaciones y las
consecuencias destructivas que puede
acarrear. La aceleración de los ciclos
económicos y el consumo mundial de los
recursos nos hacen poner en duda la
sostenibilidad económica, social y ambiental
de ese sistema.
Ciclos de la naturaleza o de la
economía?
No obstante e increíblemente, es aún
sumamente paradójico que no se haya prestado
la suficiente atención a situaciones claves
que afectan la misma base del sistema
capitalista, y que no se vislumbra en el
dinero, sino en la importancia, hasta ahora
muy relativizada, que se ha dado a la base
de recursos de dónde provienen todos los
bienes: La Naturaleza.
En el planteo convencional de la economía
(Diagrama 2), tal como lo desarrollan los
economistas clásicos (Samuelson y Nordhaus,
Economía, 14°), el diagrama circular y
cerrado, es el sugerido para comprender el
funcionamiento de una economía de mercado.
Es así como allí se pueden identificar a los
dueños de los factores de producción (tierra
o recursos, capital y trabajo) que son las
familias o economía doméstica y por el otro,
las empresas que, serían las que demandan de
estos, para la producción. Las familias
ofrecen estos factores en el mercado de
recursos o factores y se produce el
intercambio de los mismos por dinero (renta,
interés y salario). Luego las empresas
utilizan estos recursos primarios para la
producción de distintos bienes (ej: soja,
calzado, viviendas) que ofrecen en los
mercados de bienes y servicios por los que
recibirán un dinero. La renta de las
familias (también dinero), les servirá a
estas para adquirir esos bienes en el
mercado con lo que cerraría ese circuito.
Así increíblemente funcionaría para la
explicación económica un ciclo de producción
y transferencias en un perpetuom mobile que
andaría eternamente. Adam Smith (1776) se
emocionaba al reconocer que había “un orden”
en el sistema económico y proclamaba el
principio de la “mano invisible”, según el
cual, todo individuo, al buscar egoístamente
sólo su propio bien personal, actúa como si
fuera dirigido por una mano invisible que
también orientaría el lograr lo mejor para
todos. La doctrina de la mano invisible de
Smith explica porqué parece tan ordenado el
resultado del mecanismo del mercado. Su idea
sobre la función rectora de dicho mecanismo
ha influido a los economistas modernos,
tanto a los admiradores del capitalismo como
a sus detractores. Un ex presidente de la
Sociedad Internacional de Economía
Ecológica, Richard Norgaard, diría muchos
años después, que “las invisibles manos del
mercado, muchas veces tienen que tener quien
las mueva y oriente”, en alusión a la
indelegable función del estado y las
regulaciones sobre un modelo tan
impredecible.
Por otro lado, hay otra propuesta para
intentar entender estas cuestiones. Lo
primero podría ser tratar de entender a la
economía dentro de la naturaleza y no a esta
dentro o al servicio de la primera. De esta
forma, llegaremos a ver que el circuito
económico, visto como tal por los
economistas no es así, sino que más bien,
funciona gracias a un flujo unidireccional
de energía y materiales en transformación.
A diferencia del sistema económico
convencional que ve a la economía como un
flujo circular de bienes y dinero (Diagrama
2), la economía ecológica viene a revisar
con firmeza estos supuestos y propone un
flujo unidireccional de energía, cuya fuente
original es el sol (que es el pilastre que
da funcionamiento a la rueda económica)
hasta una conversión final en energía no
reutilizable o contaminación (Diagrama 3).
Diagrama Nº 3. El funcionamiento del
circuito bajo la esfera de la Economía
Ecológica
Flujo unidireccional de la energía
Muy diferentes entonces, serán las
argumentaciones, si en este sistema en lugar
de percibir fluir solamente un flujo de
materiales o dinero de forma circular, se
mirara al conjunto movilizado por un ingreso
permanente de energía desde un contexto
mayor, que es el que hace sí mover esa
rueda, al igual que el agua de un río, que
pasando de un punto al otro, mueve a una
noria. Si esta última (en el ejemplo, el
agua), no estuviera presente, el sistema se
detendría, se estancaría. Pero el agua que
pasa sigue un flujo, unidireccional. No es
la misma. Al igual que el ejemplo del agua
con la noria, la energía que entra al
sistema y lo hace mover, no es la misma que
sale del mismo, luego de su utilización. Esa
energía por un lado se transforma y por el
otro genera energía de otra calidad,
cumpliéndose de esta manera en la economía,
los principios de la física, primero y
segundo de la termodinámica.
Pensar entonces el sistema de una u otra
manera, tiene consecuencias sumamente
importantes sobre nuestro medio natural.
Verlo en la primera instancia, es lo que
permite impulsar su degradación y hasta su
agotamiento (Hotelling, 1931) por
aceleramiento de los ciclos económicos, con
escasa consideración socio ambiental. Seguir
los fundamentos del segundo diagrama, hará
reconsiderar muchas de las formas de
apropiación de la naturaleza, su capacidad
de reciclaje, identificar cuellos de botella
energéticos, su capacidad de sustentación e
incluso una búsqueda de la desaceleración de
ciclos económicos “sostenibles” económica o
financieramente pero imposibles de sustentar
en términos ecológicos.
Decía Nicholas Georgescu Roegen (1971),
uno de los pilares de la economía ecológica
moderna: ”Nada podría estar más alejado de
la verdad que afirmar que el proceso
económico es una cuestión aislada y
circular, tal como lo representa el análisis
tradicional… El proceso económico está
cimentado sólidamente en una base material
sujeta a determinadas restricciones. En
razón de estos obstáculos, el proceso
económico tiene una evolución unidireccional
irrevocable. En el mundo de la economía,
sólo el dinero circula en dos direcciones de
un sector económico a otro (…), si se
considera esto último parecería que los
economistas (…) han sucumbido ante el peor
fetichismo económico: el monetario”.
Asimismo, es importante relevar que en
este circuito económico como tal, es la
“economía”, la que esta inserta en una
sociedad que le contiene y tampoco al revés.
Porqué?. Pues porque no toda la sociedad,
por el motivo que fuera forma parte de ese
sistema económico. Una sociedad que también
genera su propia y diferente cultura, que en
muchísimos casos, no es componente de ese
sistema económico tampoco. Cómo juzgaríamos
o incluiríamos en esos intercambios de
bienes y servicios por dinero, a los
sistemas informales, al trueque que
intercambia bienes, a las redes de
intercambio y de apoyo social, a ciertas
formas de la economía social, a los sistemas
cooperativos que no utilizan el dinero (4) o
al mero rechazo de algunos sectores sociales
a caer en el intercambio crematístico. Ese
sistema económico esta inserto entonces en
un sistema mucho mayor que es el sistema
social, que respetaría la diversidad y
diferentes necesidades. Que también es
cultural. Y recién allí, es cuando aparece
la naturaleza, quizás lejana para la
economía, pero continente de todo el
proceso. El primer gran circulo entonces, es
el de la naturaleza. Que tiene límites: los
propios del planeta. O más aún la biosfera y
los espacios hasta los que el hombre ha
legado merced a sus capacidades
tecnológicas. Con una fuente energética
superior que lo abarca sobre todo ese gran
sistema que es el sol.
Willian Kapp (5), lo destacaba en 1976
cuando decía que “La destrucción ambiental y
la creciente escasez de los recursos por fin
nos han hecho tomar conciencia del hecho que
la producción, la asignación, la elección de
insumos y su colocación, no están ocurriendo
en los sistemas cerrados o semicerrados que
la ciencia económica ha usado
tradicionalmente como modelos teóricos, para
explicar los procesos económicos, sino
básicamente esto ocurre en sistemas
abiertos”.
Hoy en día, podemos ver que, en su
relación con la naturaleza tanto el
capitalismo como el comunismo, han
fracasado. No existe el “capitalismo a
perpetuidad” como tan brillantemente lo
documenta James O´Connor en su artículo “Es
posible el capitalismo sostenible”, en el
libro Ecología Política, Naturaleza,
Sociedad y Utopía. Pero que también por
sobre estos se ha erigido una fuerza aún más
poderosa que está ensombreciendo más la
seguridad ambiental del planeta y por tanto
de la humanidad: el consumismo.
Con su corazón centrado en el
individualismo más brutal, exacerbado por
los medios, el marketing, el materialismo y
la disponibilidad de dinero, las fuerzas del
consumismo han empalidecido al propio
capitalismo y avanzan incluso
irracionalmente, hasta cuando el propio
sistema económico da indicadores de decir
basta. El consumismo ha ganado los espacios
de la religión, la familia, la política y
los parámetros sociales (Santamarta 2004).
El consumo y el crecimiento económico sin
fin es el paradigma de una nueva religión,
donde el aumento del consumo es una forma de
vida necesaria para mantener la actividad
económica y el empleo. El hombre trabaja,
sólo para consumir en muchos casos
superfluamente o bien gasta cada día más
horas de su tiempo laboral para alcanzar
este estado, por lo menos en las economías
desarrolladas.
El consumo de bienes y servicios, por
supuesto, es imprescindible para satisfacer
las necesidades humanas, pero cuando se
supera cierto umbral, se transforma en
consumismo.
"Las principales causas de que continúe
deteriorándose el medio ambiente mundial son
las modalidades insostenibles de consumo y
producción, particularmente en los países
industrializados," dice la Agenda 21.
De los 6600 millones de habitantes que
tenemos en el mundo, la privilegiada
sociedad de consumo la integran 1.728
millones de personas, el 28% de la población
mundial: 242 millones viven en Estados
Unidos (el 84% de su población), 349
millones en Europa Occidental (el 89% de la
población), 120 millones en Japón (95%), 240
millones en China (apenas el 19% de su
población), 122 millones en la India (12%),
61 millones en Rusia (43%), 58 millones en
Brasil (33%) y sólo 34 millones en el África
subsahariana (el 5% de la población).
En total en los países industrializados
viven 816 millones de consumidores (el 80%
de la población) y 912 millones en los
países en desarrollo (sólo el 17% de la
población del Tercer mundo).
El 15 % de la población mundial que vive
en los países de altos ingresos es
responsable del 56% del consumo total del
mundo, mientras que el 40 % más pobre, en
los países de bajos ingresos, se acredita
solamente el 11% del consumo. Pese a que hoy
día la mayoría de la gente consume más -
debido a la expansión de la economía mundial
en el decenio de 1990 y al mejoramiento del
nivel de vida en muchos países - el consumo
del hogar africano medio es un 20 % inferior
al de hace 25 años.
Pero el consumo sostenible no se refiere
sólo al uso equitativo de los recursos. Si
toda la población del mundo viviera como un
habitante medio de los países de altos
ingresos, necesitaríamos otros 2,6 planetas
para el sostén de todos, según la medida de
la sostenibilidad del espacio productivo,
medición independiente basada en las
estadísticas de las Naciones Unidas.
El producto anual de la economía del
mundo creció de 31 billones de dólares en
1990 a 42 billones de dólares en 2000, y
había ascendido a apenas 6,2 billones de
dólares en 1950. Este aumento de la
actividad económica creó millones de nuevos
empleos y impulsó por otro lado que la gente
consumiera más (de lo que necesita, y más
aún de lo que no necesita). Por ejemplo, las
conexiones telefónicas mundiales aumentaron
de 520 millones en 1990 a 844 millones en
1998, es decir un 62%. Los celulares en la
Argentina, superan ya el doble de líneas
telefónicas fijas y siguen creciendo.
Aunque desde 1990 los ingresos per cápita
han aumentado un 3% por año en 40 países,
más de 80 naciones tienen ingresos per
cápita inferiores a los que tenían hace un
decenio. Un quinto de la población mundial
vive con menos de un dólar por día, sin los
medios para satisfacer sus necesidades
básicas de alimentación, agua no contaminada
y atención de la salud.
El consumo mundial de energía ha
aumentado significativamente desde 1992 y se
prevé que aumentará a un índice del 2 %
anual hasta 2020. El consumo mundial de
combustibles fósiles aumentó un 10% entre
1992 y 1999. La utilización per cápita sigue
siendo más elevada en los países
desarrollados, donde las personas consumen
hasta 6,4 toneladas de equivalente de
petróleo por año, es decir diez veces más
que el consumo de los países en desarrollo.
Entre 1950 y 2007 (Santamarta 2004) el
consumo de agua se ha triplicado, el de
combustibles fósiles se ha quintuplicado, el
de carne creció un 550%, las emisiones de
dióxido de carbono han aumentado un 400%, el
PIB mundial aumentó un 716%, el comercio
mundial llegó a un 1.568%, el gasto mundial
en publicidad creció un 965%, el número de
turistas que salieron de sus fronteras
aumentó un 2.860%, el número de automóviles
pasó de 53 millones en 1950 a 565 millones
en 2002 y el consumo de papel saltó a un
423%, en este caso entre 1961 y 2002. Las
importantes ganancias en eficiencia
(pensemos también en la paradoja de Jevons
(6)) se ven rápidamente absorbidas por el
aumento del consumo. Las viviendas son cada
vez mayores, pero con más materiales
reciclables, y los automóviles cada vez más
potentes.
Ahora mismo, los niveles actuales de
consumo y producción, basados en la
superficie productiva media ecológica
mundial, superan en un 25 % la capacidad
ecológica de la Tierra, lo que significa que
incluso a los niveles actuales, la humanidad
está comiéndose el capital natural del
planeta a un ritmo considerable. No te comas
el mundo, pareciera ser la consigna única a
tal desenfreno. No es suficiente proponer
cambios y reducción del consumo. Hay que
atacar el paradigma consumista actual, en
particular de las economías
hiperdesarrolladas y de los enclaves
consumistas de las economías en desarrollo.
Pero como es que esto no se ve?. Pues no
se percibe, claramente, porque los afectados
no son visibles, porque los daños se
producen en lugares recónditos, o degradan
escenarios de escaso interés o alejado?, o
su desaparición no se percibe hasta muy
tarde, o se retarda o enmascaran los daños.
Peor aún, estos “no se logran relacionar “
con la intensificación del consumo. O porque
en definitiva, no se sabe. O se sabe poco. O
se conoce parcialmente el problema. O merced
al poder, virtualmente los daños se
socializan y cargan tanto a los más pobres o
a las generaciones futuras (que no pueden
defenderse ni reclamar ¡!!), o sobre los
países más pauperizados. Dice Joan Martínez
Alier, otro ex presidente de la ISEE: “Los
pobres venden barato”. Tristemente, debo
agregar que también los países pobres,
aunque ricos en recursos, también “se venden
barato”, o los venden de esta forma, quienes
los administran.
Las Externalidades
Cuestiones como las externalidades, los
costos y beneficios sociales y privados, la
contaminación y la degradación de los
recursos naturales - erosión, salinización,
pérdidas de la capacidad productiva de los
suelos, pérdidas de biodiversidad -, el
aumento de la pobreza, el desempleo y la
regionalización del mundo en áreas avanzadas
y estancadas no han sido abordadas
eficientemente por la economía ortodoxa.
Algunos planteos y análisis con esta
misma perspectiva han sido sí encarados
desde la Economía Ambiental, con sus
estudios sobre las externalidades, la
asignación intergeneracional de los recursos
agotables, poniendo especial énfasis sobre
los derechos de propiedad del recurso y no
más allá (Coase, 1981; Pigou, 1962; Solow,
1974).
Una externalidad, es un costo no incluido
en las cuentas de una empresa, o de un país
o de una región. El concepto ha alcanzado en
particular la discusión ambiental y social
(en general identificado como daños), al ser
estos, valores generalmente no incluidos. La
externalidad puede tener dos sentidos y ser
entonces, positiva o negativa. Será de este
último caso, cuando incluya estos daños y
positiva cuando genere beneficios no
considerados a priori (ej.: una carretera
que se desconocía que se iba a hacer antes
de instalar una fabrica en un predio, y que
como resultado, hace disminuir sus costos de
transporte, o la polinización de las abejas
instalados, en los apiarios en áreas
cercanas a un campo de producción de
girasol).
No obstante, el abordaje que se hace, en
general de las externalidades es
monocriterial. Cuando se busca incorporar
estos costos, la economía ambiental plantea
se reconozcan y resuelvan a través de
criterios exclusivamente monetarios
(Diagrama Nº 4).
En estos términos, la economía ambiental
será un emergente de la economía del
bienestar de Pigou, que abordó entre otras
cuestiones la diferencia entre los productos
netos marginales sociales y privados y las
discusiones sobre impuestos (al estilo de
unas retenciones ambientales, por ejemplo
por el usufructo de recursos naturales como
el suelo).
En la década de los sesenta, se agrega a
este análisis el conocido artículo de Coase,
“El problema del coste social”.
Basados en ello, es que básicamente
subyace el principal pilar de la economía
ambiental, un subapéndice de la economía
clásica que busca una asignación óptima de
los recursos naturales o de su consumo o
destrucción, utilizando términos monetarios.
Se delimitan así funciones de coste marginal
externo (o externalidades) y de beneficios
marginales privados, intentando la obtención
de un “óptimo social”, en el cual los
actores sociales involucrados (dos empresas,
una empresa y un particular, dos
particulares, una ONG y una empresa, el
estado y la empresa, dos estados), quedarían
satisfechos.
Diagrama Nº 4. El flujo circular de la
Economía visto desde la Economía Ambiental,
incluyendo las externalidades.
Estas relaciones básicas, son las que han
dado pie a los conocidos “Teoremas” de Coase
y de Pigou, íconos de la discusión de la
Economía Ambiental y la Economía de los
Recursos Naturales. David Pearce (7), es uno
de los emblemas de este modelo de
reproducción capitalista con tonos verdes.
La colocación de las externalidades,
entre empresas y hasta entre países, trae
aparejado una discusión que es más de la
ecología política (8) que de la propia
economía, incluida la ambiental y se refiere
al mecanismo de dónde? y bajo qué precios?
se coloca este daño. Dice W. Sachs (9): ”Es
así que la nueva distribución del poder
económico viene aparejada de un cambio en la
distribución geográfica de los impactos
sobre el medio ambiente. Si desde el punto
de vista ecológico se define al poder como
la capacidad de internalizar ventajas
ambientales y externalizar los costos
ambientales, bien puede suponerse que el
alargamiento de las cadenas económicas dé
origen a un proceso de concentración de las
ventajas en los extremos superior y las
desventajas en el extremo inferior”. En
otras palabras, los costos ambientales en
que incurren las cadenas transnacionales de
creación de plusvalía serán especialmente
altos en los países del Sur y del Este,
mientras que las economías postindustriales
irán tornándose cada vez más benignas y
afines con el medio ambiente. Un economista
jefe del Banco Mundial (todos conocen el
caso de L. Summers) recomendaba hace pocos
años, filtrado y publicado en The Economist,
depositar el pasivo ambiental (la
externalidad) en aquellos territorios donde
el resarcimiento económico producido por la
pérdida de vidas o enfermedades,
consecuencia de los impactos de empresas
foráneas contaminantes, implicase el costo
marginal más bajo.
Muchos de los análisis realizados de los
impactos sobre los recursos naturales y el
medio han sido presentados bajo está
perspectiva y cuentan con gran predicamento
entre los actores económicos del
establisment global. Pero el ambiente, cada
vez peor.
Pero, cómo aplicar estos conceptos,
cuando no se conocen los deseos o las
preferencias de las generaciones futuras?,
cuando hay valores en conflicto?, cuando se
debe considerar el derecho a la existencia
de las otras especies (o no?), cuando hay
enorme cantidad de grupos sociales relegados
o cuando hay serios conflictos de valores?.
De allí, la importancia también de incluir
los conceptos de inconmensurabilidad y de
que existen más de un criterio para sopesar
las cuentas, como sostiene el economista
ecológico Giuseppe Munda y otros que aplican
para la resolución de estos problemas, bajo
el prisma más amplio de los sistemas
multicriterio, que logran captar la
complejidad del problema ambiental.
Es decir, la economía ecológica utiliza
distintos lenguajes de valoración, que
admiten una comparabilidad débil de valores,
muy diferentes a la comparabilidad fuerte de
los análisis costo beneficio convencional.
Sin abandonar la utilización de elementos
monetarios, los relativiza o neutraliza su
poder expresivo, haciendo que pierdan su
posición de privilegio, y sea generadora de
decisiones parcializadas, facilitando un
análisis integrador y superador.
El primer y segundo principio de la
termodinámica
La termodinámica es el estudio de las
transformaciones de la energía. La primera
ley de la termodinámica establece que la
energía no puede crearse ni destruirse. Sólo
puede transformarse de una forma a otra.
Esta ley, es una ley de conservación, según
esta, la energía se conserva.
La primera ley entonces, se relaciona con
la cantidad de energía. La segunda ley trata
sobre la calidad de la energía. Se ha dicho
que la primera ley de la termodinámica
establece que no se puede obtener algo a
cambio de nada, mientras que la segunda ley
establece que, de cualquier forma, siempre
se paga de más. Es decir, según la primera
ley, la energía no se puede crear, sólo se
puede transformar de una forma en otra.
En relación con la segunda ley, esta
tiene claramente implicaciones ecológicas y
económicas. Lo que se destaca es que
cualquier conservación implica pérdidas. Eso
parece contradecir lo dicho en la primera
ley, pero no es así. La pérdida, no se da en
términos de cantidad de energía sino de
calidad de energía. Todos los procesos de
transformación de la energía, comprenden una
cierta degradación de la calidad de la
energía.
Decía nuevamente Roegen: “No existe tal
cosa, como eso de una Comida Gratis. En la
economía los números siempre cuadran: Por
cada desembolso debe haber un ingreso
equivalente.
En la ecología: Los números nunca
cuadran. No se llevan en dólares, sino en
términos de materia-energía, y en estos
términos siempre terminan en un déficit. De
hecho, cada trabajo, hecho por un organismo
vivo, se obtiene a un costo mayor del que
ese trabajo representa en los mismos
términos” (Nicholas Georgescu-Roegen,
Atlantic Economic Journal, V, Marzo 1977,
pp.13-21)
Las diferencias entre la Economía
Ecológica con la Economía Ambiental y la
Economía de los Recursos Naturales
La economía ambiental y la economía de
los recursos naturales son disciplinas
funcionales a la economía neoclásica donde
los derechos privados, las relaciones
beneficio costo y la asignación óptima de
los recursos y de los sujetos de
contaminación se hacen teniendo en foco, el
sistema de precios. Es una especie de
greenwash economy, que no resuelve los nudos
centrales generadores de la degradación
ambiental y social.
Asimismo, desconocen cuestiones básicas
del funcionamiento de los ecosistemas, los
efectos deletéreos del crecimiento económico
y las diferentes formas de la distribución
de los beneficios y cargos en la sociedad.
La economía ambiental se refiere a la
forma de manejo y asignación de costos en la
disposición de residuos, contaminación del
aire, del agua y por ejemplo la degradación
o conservación de los suelos. También está
vinculada con proyectos de conservación
puntuales de los recursos naturales, de la
biodiversidad o de la valoración de los
servicios ambientales, a través del pago en
dinero por su conservación, algo de mucho
interés de la banca internacional (Banco
Mundial, FMI, Fondos GEF) y de las
multinacionales de la conservación como TNC,
CI, WWF o UICN.
La economía de los recursos naturales se
puede considerar como el estudio que hace la
sociedad para el manejo, de recursos
naturales escasos, tales como un bosque, una
selva, las pesquerías, el agua, el petróleo
o los minerales, que para la ciencia
económica son considerados inagotables o
sustituibles.
Es así que la economía ecológica se
diferencia y distancia claramente de las dos
anteriores, superando el actual fetichismo
económico para hurgar en un enfoque
integral, holístico, con una visión de
sistema que le aporta claramente la
ecología, bajo el paraguas de una nueva
racionalidad ambiental (Cuadro N° 1).
Una economía ecológica, es una economía
que reconoce que la racionalidad económica y
la racionalidad ecológica, aisladamente, son
totalmente insuficientes para llegar a
decisiones correctas que ayuden a resolver
los problemas ecológicos y económicos del
siglo XXI.
Cuadro N° 1. La economía convencional,
la ecología convencional, la economía
ambiental y la economía ecológica.
Posiciones frente a diferentes temáticas.
| |
Economía
convencional |
Ecología
convencional |
Economía ambiental
|
Economía ecológica
|
| Visión del mundo
|
Mecánico, estático
y atomístico |
Evolucionario y
atomístico |
Mecánico, estático
y atomístico |
Dinámica
sistemática y evolucionaria |
| Dimensión temporal
|
Corto plazo |
Escala múltiple.
Desde días hasta eones. |
Corto Plazo |
Escala múltiple.
Desde días
hasta eones. |
| Dimensión espacial
|
Desde lo local a lo
internacional |
Desde lo local a lo
regional |
Desde lo local a lo
internacional |
Desde lo local a lo
global. |
| Especie considerada
|
Especie humana |
Sólo las no humanas
|
Especies iconos
(ballenas, panda, mariposa monarca)
|
Los
ecosistemas |
| Objetivo básico a
nivel macro |
Crecimiento de la
economía |
Supervivencia de
las especies |
Crecimiento de la
economía |
Sostenibilidad
económico ecológica. Decrecimiento o
Economía Estacionaria |
| Objetivo básico a
nivel micro |
Maximización del
beneficio (empresas) o utilidad
(individuos) |
Máximo éxito
reproductivo |
Conservación de
especies o de ecosistemas |
sostenibilidad
económico ecológica |
| Hipótesis sobre el
progreso tecnológico |
Muy optimista
La tecnología como solución |
Sin opinión o
escaso compromiso Ej: caso de las
biotecnologías, nanotecnologías.
|
Muy optimista |
Prudencia. Abordaje
desde la incertidumbre.
Tecnopatogías.
La tecnología como ilusión. |
| Estatus Académico
|
Disciplinar.
Centrado en la utilización de
instrumentos matemáticos |
Disciplinar.
Centrado en las técnicas y los
instrumentos. |
Disciplinar.
Centrado en los instrumentos.
Sistemas monocriteriales de
resolución. |
Transdisciplinar.
Pluralista, basado en el análisis
integral del problema |
| Métodos de
valoración |
Monocriteriales
basados en el dinero |
Monocriteriales,
basados en el dinero. Sigue las
recomendaciones del economista. |
Monocriteriales.
Basados en el dinero |
Multicriteriales.
Utiliza múltiples lenguajes de
valoración. |
| Indicadores Físicos
|
No los utiliza |
Los utiliza |
No los utiliza |
Utiliza Indicadores
Biofísicos para revisar el estado
del ecosistema. |
| Relaciones con el
entorno natural |
No las tiene.
Desconoce las funciones del entorno.
|
Estudia el entorno
aisladamente del medio social |
Reconoce el entorno
y lo valora económicamente. |
Busca y analiza las
relaciones entre los sistemas
económico y ecológico. |
| Análisis del
sistema |
Estático. Basado en
métodos mecánicos de maximización de
la utilidad individual presente |
Aplica la teoría de
análisis de sistemas |
Enfoque dinámico,
sobre el sistema estudiado
solamente. |
Enfoque dinámico,
“inmortal” y multigeneracional
(Georgescu-Roegen): Maximiza la
felicidad de la humanidad presente y
futura |
| Sobre la base de
recursos |
Ilimitada Limitada.
Pero propone sustituciones. |
Los aborda como
objeto de estudio. No hay compromiso
con su integración al sistema
humano. |
Limitada |
Advierte sobre los
riesgos de desaparición de
ecosistemas y pérdidas de servicios
ambientales. |
| Principal mecanismo
de análisis |
Cálculo de costos y
beneficios según las preferencias
subjetivas |
Teoría de sistemas
|
Cálculo de costos y
beneficios, integrando las
externalidades |
Sistemas
Multicriteriales de analisis. Teoría
de Sistemas |
| Tipos de
sostenibilidad |
Sostenibilidad
débil. Capital natural se puede
transformar a capital hecho por los
humanos. |
Sostenibilidad
fuerte. Conservación |
Sostenibilidad
débil. Capital natural se puede
transformar a capital hecho por los
humanos. |
Sostenibilidad
fuerte. No existe sustitución. No
es lo mismo. Segundo principio de la
termodinámica. |
| Tasas de descuento
|
Altas. Maximización
del interés financiero |
Bajas. Se rigen por
los mecanismos de reproducción de la
naturaleza. |
Compromiso entre
las tasas de interés y de descuento.
Tasas altas, degradan el recurso.
Tasas bajas con más
conservacionistas |
Tasas bajas,
similares o iguales a las tasas de
reposición o de renovabilidad de la
naturaleza. Bajo los preceptos de la
Ecología Productiva. No extraer más
del ecosistema de lo que el
ecosistema puede dar, sin colapsar.
|
| Servicios
Ambientales |
No los reconoce
|
Los reconoce, pero
vinculados al medio naturales y la
integración con el ecosistema. No
aborda los impactos a humanos |
Los reconoce, en
términos de su valor de mercado.
Pretende incorporarlos a sistemas de
mercado para su venta. Ej: Bonos de
Carbono. Venta de la biodiversidad.
|
Reconoce el alto
valor de su existencia, tanto a la
especie humana como a las otras
especies. |
| Posición frente a
la deuda externa |
Pretende resolverlo
desde el crecimiento y el pago de
intereses de la misma, asociados a
la capacidad de pago del país |
No hay compromiso.
Tampoco estudios sobre los impactos
de la presión económica sobre los
ecosistemas. |
Promueve el
reconocimiento de servicios
ambientales y la obtención de fondos
por esta vía |
Crea el concepto de
deuda ecológica, para el
reconocimiento de la
insostenibilidad del actual
mecanismo de reproducción del
capital global, y la sobre
explotación de los recursos de los
países más pobres. |
Equidad Inter
generacional |
No lo contempla
|
No lo
contempla |
No lo
contempla |
Manifiesta su
preocupación y
el derecho de las generaciones
venideras al mismo usufructo de la
naturaleza |
| Posición frente a
las otras especies |
No lo considera
|
Las considera
importantes como parte del
ecosistema |
Los considera como
sujeto de conservacion. |
Considera su
derecho a la supervivencia, a su
propio ambiente y a su desarrollo
completo como especie en su propio
ecosistema. |
| Democracia
participativa |
No lo considera
|
No lo considera
|
No lo considera
|
Propone que las
decisiones sobre los límites
ecológicos de la economía, estén
basados en debates científicos
políticos de carácter democrático y
abierto, del cual surjan las
verdaderas políticas de Estado que
conduzcan a un verdadero desarrollo.
|
| Sobre la energía
|
Se insiste en la
era del petróleo y la energía
nuclear |
Eficiencia
energética (Odum) |
Energías
alternativas. Biocombustibles. No
estudia los impactos posibles de las
nuevas tecnologías energéticas. |
Era postpetroleo.
Pretende la reducción global del
consumo energético. Economía
estacionaria. |
Los Servicios Ambientales
Los servicios ambientales son los enormes
beneficios que obtiene el ser humano como
resultado de las funciones de los
ecosistemas. Entre ellos se encuentran el
mantenimiento de la composición gaseosa de
la atmósfera; el control del clima; el
control del ciclo hidrológico, que provee el
agua dulce; la eliminación de desechos y
reciclaje de nutrientes; la conservación de
cuencas hidrológicas, la generación y
preservación de suelos y el mantenimiento de
su fertilidad; la eliminación de desechos y
reciclaje de nutrientes; el control de
organismos nocivos que atacan a los cultivos
y transmiten enfermedades humanas; la
polinización de cultivos; y el mantenimiento
de un enorme acervo genético del cual la
humanidad ya ha sacado elementos que forman
la base de su desarrollo tales como
cultivos, animales domésticos, medicinas y
productos industriales.
Para la economía clásica estos servicios
están tremendamente subvaluados. La calidad
de los servicios ambientales depende en gran
medida de las condiciones en las que se
encuentren los sistemas naturales y el
manejo que se haga de los mismos.
En este sentido es extremadamente
relevante evaluar la relación entre la
diversidad biológica, el funcionamiento de
los ecosistemas y las variables
macroeconómicas.
Los ecosistemas son autoorganizaciones
que requieren de un mínimo de diversidad de
especies para capturar energía solar y
desarrollar las relaciones cíclicas que
ligan y sostienen a productores,
consumidores y descomponedores, responsables
del mantenimiento de la productividad
biológica (10).
Existe en el ecosistema una diversidad
mínima de especies indispensable para que
los ecosistemas soporten las perturbaciones
a las que los someten los factores externos.
A tal punto que la función ecológica mas
importante y critica de la biodiversidad es
el mantenimiento y el mejoramiento de esta
propiedad de los ecosistemas, conocida como
resiliencia (Holling, 1973, 1994). La
resiliencia es la propiedad de los
ecosistemas para responder al estrés
provocado por la depredación o la
perturbación proveniente de fuentes externas
(incluidas las actividades humanas), lo que
por cierto, incluye entonces un valor de la
biodiversidad. La biodiversidad,
ecológicamente crucial, es el mecanismo
vital que asegura la resiliencia esencial de
los ecosistemas. La resiliencia es, en
ultima instancia, la única garantía de la
sustentabilidad ecológica de los
ecosistemas. Un ecosistema es saludable y
“libre del síndrome del desastre”, si y
solamente si, es globalmente estable y
sustentable. Esto es: si es activo y
mantiene su organización y su autonomía en
el tiempo y además es resistente y capaz de
absorber y usar creativamente todas las
posibles perturbaciones externas (estrés)
que puedan afectarlo (Costanza y otros,
1992).
Los servicios ambientales provienen de
las prestaciones de los ecosistemas
naturales y en algunos casos
agroecosistemas, ampliamente subestimados
por la sociedad. Por ejemplo, el proceso de
globalización alimentaria conlleva por un
lado a un incremento importante de los
bienes exportables hasta su sobreexplotación
y una asociación consiguiente con la
subvaluación de estos productos.
Actualmente, comienzan a manifestarse dos
tendencias respecto al uso de estos recursos
ambientales. El primero dice que es
importante que los servicios ambientales
coticen en los mercados formales, lo que
permitiría por un lado generar recursos
económicos y por otro, obtener un precio que
funcione como una señal que alerte sobre los
cambios en su disponibilidad o condición.
Esta no es la posición de una Sociedad
Económica, es lo manifestado por la Sociedad
Norteamericana de Ecología (Ecological
Society of America, 1997).
La otra posición resalta que “este origen
ha llevado a muchas organizaciones y
comunidades a caer en esta nueva trampa de
mercado. Otras lo han visto como fuente de
recursos. Estas últimas, muchas veces
asociadas con las transnacionales más
contaminantes, como las petroleras y las de
automóviles, que desde los inicios de esta
nueva modalidad de comercializar la
biodiversidad vislumbraron la oportunidad de
justificar la contaminación haciendo al
mismo tiempo un jugoso negocio. Esta visión
transforma los bosques, las cabeceras de
cuencas, los cauces de los ríos, los mantos
freáticos, los recursos genéticos y los
conocimientos indígenas y la belleza de un
paisaje en "capital" y mercancías
redituables que pueden ser comercializadas
por quien se atribuya su propiedad y tenga
dinero para comprarlas” (Ribeiro, S, 2002).
Una tercera posición, la del Manifiesto
por la Vida, impulsada desde el Programa
para el Medio Ambiente, PNUMA en América
Latina, destaca que hoy, los bienes comunes
están sujetos a las formas de propiedad y
normas de uso donde confluyen de manera
conflictiva los intereses del Estado, de las
empresas transnacionales y de los pueblos en
la redefinición de lo propio y de lo ajeno,
de lo publico y lo privado, del patrimonio
de los pueblos, del Estado y de la
humanidad. Los bienes ambientales son una
intrincada red de bienes comunales y bienes
públicos donde se confrontan los principios
de la libertad del mercado, la soberanía de
los Estados y la autonomía de los pueblos
(del Manifiesto por la Vida, 2002).
La Economía Ecológica
La economía ecológica no es una rama
fértil ni un apéndice más o menos
independiente de la teoría económica, sino
que es un campo de estudios
transdisciplinar. Puede definirse como la
ciencia de la gestión de la sostenibilidad y
como tal, estudia las interacciones entre la
sociedad y la naturaleza, muy por encima de
los limitados abordajes tanto de la economía
como de la ecología, ciencias con las que se
relaciona, al igual que con otras que
estudian con firmeza la problemática
ambiental compleja como la ecología
política, la agroecología, sociología,
ecología de paisajes o ecología urbana.
Disciplinas desde los conflictos sociedad
naturaleza se hacen incluso más palpable o
focos directos del interés de investigación.
La economía ecológica adopta la teoría de
sistemas para la comprensión de los
fenómenos ecológicos y los integra a los
estudios de los límites físicos y biológicos
debidos al crecimiento económico. Estudia a
las sociedades como organismos vivos que
tienen funciones como las de captación de la
energía, utilización de los recursos y
energía de la naturaleza y eliminación de
sus residuos (metabolismo social). Este
metabolismo, urbano, rural, industrial
funciona de distintas maneras, en diferentes
etapas desde la captación de la energía
hasta su eliminación (Toledo, 2008).
(Diagrama Nº 5).
Toledo, 2008.
Llamativamente, los precursores
intelectuales de la disciplina no eran
economistas sino físicos, químicos,
biólogos, urbanistas, ecólogos como Carnot,
Clausius, Pfaundler, Geddes (11), Podolinsky
(12), Popper-Lynbeus, Soddy (13), Lotka u
Odum. De hecho, sus teorías fueron
desestimadas por los economistas
convencionales, como sucedió por ejemplo,
con los escritos de Podolinsky rechazados de
plano por Engels e indirectamente por Marx
(14).
Alfred Lotka (15) planteaba básicamente
las diferencias entre el consumo
endosomático y el consumo exosomático. El
primero propio de las demandas metabólicas
de la especie humana, es de hecho, muy
similar para cada uno de nosotros. Este es
el más democrático de los consumos, done
todos los requerimientos prácticamente son
similares. Siempre que podamos por lo menos
comer!. Pues entonces dónde está la
diferencia?: En el consumo exosomático, es
decir, en la búsqueda de la satisfacción de
requerimientos extracorporales y allí si,
existe un abismo en términos de las demandas
energéticas (para transporte, vestimenta,
bienes superfluos) de los ciudadanos del
norte y del sur.
Sin embargo, es más recientemente, con la
llegada de los economistas reaccionarios u
heterodoxos, donde podemos encontrar los
ejes seminales de la economía ecológica y
también en muchos autores no economistas,
ricos en manifestaciones éticas y
ambientales, muchos emergentes desde esta
propia Latinoamérica.
La mayoría han sido investigadores y
escritores de los siglos XX y el actual,
como Nicholas Georgescu-Roegen, Herman E.
Daly (16), Kenneth Boulding, Karl W. Kapp,
Robert Ayres, Eduardo Galeano, Joan Martínez
Alier, Robert Costanza, James O´Connor,
Manfred Max-Neef o José Manuel Naredo (17).
Kenneth Boulding (18) planteaba la
limitada probabilidad expansiva de nuestra
especie en la tierra, emulando sus limites
al concepto de la nave espacial, en un
artículo que destacaba estos conceptos: The
economics of the coming spaceship (1966).
Nicolas Georgescu Roegen caracterizaba al
proceso económico, desde el punto de vista
físico, como la transformación de baja
entropía o recursos naturales, en alta
entropía o residuos. Desde aquí, los
preceptos en los que se apoya la economía
ecológica en la termodinámica.
Es por ello que en realidad medir los
impactos y efectos sobre un recurso en forma
aislada debería considerarse erróneo, dado
que cada uno de ellos se asienta en un
sistema con el cuál interacciona y se nutre.
Es imposible extraer de los sistemas
biológicos más de lo que se puede considerar
como su rendimiento sostenible o renovable
(Daly, 1991) pues de lo contrario
acabaríamos con ellos, e indirectamente, con
nosotros mismos. De allí la importancia de
un análisis ecointegrador propuesto por la
economía ecológica.
Todo esto exige un conocimiento profundo
de la estructura y funcionamiento de los
ecosistemas naturales, que son la base de la
vida humana y de las sociedades,
conocimiento que marca los límites, tanto
físicos como conceptuales, a los que debe
ajustarse la actividad humana y por lo tanto
la economía.
Tampoco el hombre utiliza recursos
naturales de manera aislada, sino que
utiliza ecosistemas, proceso de apropiación
que ha sido interpretado por Norgaard (1984)
como un proceso coevolucionario. Esto
significa que en la medida en la que el
sistema socioeconómico modifica los sistemas
biológicos, se ve obligado a su vez a
adaptar el primero a los cambios
introducidos en el segundo, de manera que es
capaz de comprender los efectos de las
modificaciones sobre los ecosistemas - de
adquirir un nuevo conocimiento - que le
permita usar adecuadamente los mismos, para
lo cual necesita crear nuevas instituciones,
en el sentido de nuevas leyes, reglas o
normas sociales de comportamiento (Aguilera
Klink y Alcántara, 1994). Naredo (1992)
propone para el análisis económico, un
enfoque ecointegrador, cuyos fundamentos
afectarían al método, al instrumental e
incluso al propio estatuto de la economía,
al sacarla del universo aislado de los
valores de cambio en el que hoy se
desenvuelve para hacer de ella una
disciplina obligadamente transdisciplinar.
Otros proponen directamente el cambio del
paradigma económico. En los últimos dos
siglos la humanidad ha atravesado por tres
grandes revoluciones tecnológicas. Primero
fue la revolución industrial, que permitió
una expansión sin precedentes de la
producción de bienes físicos y el alcance
hacia regiones y recursos, recónditos en
todo el planeta. Los siglos XVIII y XIX
pueden considerarse basados en este tipo de
desarrollo. Los recursos parecían
ilimitados.
Luego, mucho más recientemente abordamos
a la revolución tecnológica, con la llegada
de la biotecnología, las nanotecnologías,
las tecnologías de nuevos materiales y las
comunicaciones, que permiten flujos rápidos
de información y nuevas formas de
apropiación de la naturaleza. Este mecanismo
de alcance es mucho más poderoso que el
anterior y muchísimo más impactante aún en
sus efectos de transformación.
La tercera, la revolución de esta primera
etapa del siglo XXI, deberá ser la
revolución de la sostenibilidad. Para poder
seguir habitando en la tierra, el hombre
deberá apelar a toda su sabiduría y
diversidad de conocimientos para alcanzar la
búsqueda en todos los sentidos, de formas de
convivencia con la naturaleza.
Entonces, superar la barrera de la
valorización crematística del medio, y
reemplazarla en la economía y el ambiente
por un sistema de flujos de energía, con
dirección, sentido y acumulación, sumado a
la capacidad de asimilar residuos, es la
propuesta general que nos hace la economía
ecológica.
Comprender a los ecosistemas, como
sistemas complejos, dentro de los cuales, la
especie humana es una más y no es el centro
de transformación y expoliación de la
naturaleza, por lo menos, a perpetuidad.
Decíamos que “La economía ecológica se
define como `la ciencia de la gestión de la
sustentabilidad`. La sustentabilidad o
viabilidad en el tiempo de un sistema, viene
marcada por sus intercambios con el entorno
físico, que (…) escapan a la red analítica
usual de los economistas. Precisamente, por
eso la economía trata ahora de extender su
objeto de reflexión y de valoración, hacia
aquellas partes del proceso físico de
producción y gasto que no eran tomadas en
cuenta” (Naredo, 1992).
Según Naredo entonces, el mercado deja de
ser la panacea que se suponía, donde debería
garantizar por si sólo el óptimo económico,
para convertirse en un instrumento más a
utilizar sobre bases controladas para
conseguir soluciones que se adapten a
determinados objetivos o estándares
socialmente acordados. Lo que empuja a abrir
el universo hasta ahora aislado de lo
económico, a la realidad física y biológica
y a sus modelos predictivos, a las
diferentes opciones tecnológicas y a los
procesos de negociación social.
La economía ecológica supera además el
enfoque económico de la gestión de lo útil y
lo escaso para considerar toda la biosfera y
los recursos que, pueden ser a la vez
escasos y de alguna manera hoy o en el
futuro, útiles.
Recordemos entonces que el proceso de
producción se representa como un sistema
abierto y dependiente de la energía y
materiales que intercambia con su medio
ambiente, en un sistema de representación
del proceso económico, caracterizado por su
desequilibrio permanente y su
irreversibilidad respecto del tiempo. El
enfoque ecointegrador tiene como objeto de
estudio el flujo de materiales y energía, en
un sistema abierto y en continuo
desequilibrio donde interaccionan con los
objetos económicos reales que aparecen y
desaparecen del sistema en tanto lo hacen
sus correspondientes valores de cambio.
“La economía ecológica es una critica
ecológica fuerte de la economía
convencional. Es un nuevo enfoque sobre las
interrelaciones dinámicas entre los sistemas
económicos y el conjunto total de los
sistemas físico y social” (Van
Hauwermeiren,1998). Aquí, la ciencia
económica es sólo parcial, al desconocer
ampliamente el intrincado y complejo
funcionamiento de los ecosistemas, de los
cuáles la especie humana es sólo una parte.
Inclusive desde el punto de vista social,
la economía ecológica hace de la discusión
de la equidad, la distribución, la ética y
los procesos culturales, un elemento central
para la comprensión del problema de la
sustentabilidad. Es por tanto una visión
sistémica y transdisciplinaria que
trasciende el actual paradigma económico.
Por tanto, será la misma consecuencia del
actual sistema económico el principal pilar
que las sociedades en su conjunto analizarán
y criticarán ampliamente de cara a su propia
supervivencia. Es allí, donde emergen con
eficacia los supuestos de la economía
ecológica. Cuando la sociedad asuma, con una
nueva mirada de racionalidad ambiental que
ya no le es posible seguir sobreexplotando
los recursos naturales y que se camina
directamente a su extinción, si no produce
cambios en sus hábitos de consumo y
producción. Cuando, al poner en riesgo los
recursos naturales y se pierdan los
servicios ambientales mínimos, la sociedad
comprenda también que no se puede comer el
dinero o que con todo este junto, no es
posible volver atrás, a los graves impactos
naturales de escala global.
Por supuesto, que estas percepciones ya
se reflejan entre los economistas, quienes
como he dicho, han buscado alternativas
desde su propio ámbito de discusión. De
hecho, estas distintas ofertas, podrán ser
herramientas útiles para el cambio, siempre
que el Estado las utilice en su contexto de
desarrollo verdadero. En caso contrario,
serán sólo paliativos, que enmascararán en
parte el creciente y muchas veces
imperceptible (inicialmente) avance de la
degradación ambiental, hasta su consecuencia
más nefasta para los economistas, la
desaparición de la producción.
Resumiendo entonces, la economía
ecológica, entiende que la actividad
económica no es una actividad que sólo
utilice bienes ambientales o recursos
naturales de manera aislada, sino que es una
actividad económica que está precisamente
centrada en la utilización de los
ecosistemas.
Su base de sustentación se fundamenta en
aspectos biofísicos y energéticos
fundamentales, como las leyes de la
termodinámica y donde la escala de
desarrollo de la economía está limitada por
el propio ecosistema. En este marco, los
procesos de transformación deben diferenciar
claramente entre el capital natural y el
capital hecho por los humanos, y demostrar
explícitamente que por supuesto, uno no
puede ser reemplazado totalmente por el
otro.
La economía ecológica diferencia
claramente y marca la incongruencia entre el
ritmo de tiempo diferente entre la dimensión
económica y la biogeoquímica terrestre.
Las nuevas tecnologías constituyen un
claro objeto de análisis de la nueva
ciencia, que pone especial consideración en
la evaluación de riesgos y beneficios. La
falta de conocimientos sobre efectos
potenciales en el largo plazo, hace que se
ponga especial énfasis en los criterios de
incertidumbre y prudencia (19).
En el contexto actual, serán entonces los
Estados, a través de sus instituciones y
actores, los principales responsables de la
apropiación de conocimientos e información
emergentes de la Economía Ecológica, que
pueda llevar a nuestras naciones a un
verdadero desarrollo. Entonces, la gestión
de la sustentabilidad necesitará de un
amplio debate entre todos los actores
sociales que permita generar las decisiones
políticas necesarias para el desarrollo de
la economía en el marco ecológico adecuado,
que no se rige por las leyes de los hombres,
sino por las de la naturaleza. Deberá el
hombre adaptarse a la misma. La nueva
política permitirá entonces, aprovechar los
recursos naturales de manera racional,
respetando la equidad intrageneracional e
intergeneracional y la capacidad de
sustentación del ecosistema global.
Los grandes desafíos para el futuro y
la Región
Muchas veces, se ha argumentado que el
mundo debe poner un freno a su actual
crecimiento desmedido. No obstante, entre
aquellas economías que prácticamente están
al limite de su consumo endosomático y
aquellas otras, como los países
hiperdesarrollados, que lo hacen a la máxima
tensión de sus consumos exosomáticos, hay un
abismo. La huella ecológica de países como
Bangladesh es de 0,5 hectáreas mientras que
la de los Estados Unidos llega a las 9,57
hectáreas (si la cuestión fuera medida, por
ejemplo, en base a las necesidades de
recursos para la producción básica).
Mínimamente, las primeras deberían alcanzar
estándares de bienestar humano, al estilo de
lo que apuntaba tan acertadamente el chileno
Manfred Max Neef, del desarrollo a escala
humana. Es decir, reconocer que el
desarrollo se refiere a las personas y no a
los objetos. Habrá que apuntar, como dice
Max Neef, más que a la satisfacción de meras
necesidades (básicas o no), a la concreción
de una cierta escala de satisfactores, que
permitan alcanzar la realización de este
nuevo hombre.
Pero además de la resolución de estas
iniquidades y de las formas de cómo lograr
un adecuado desarrollo, es menester que el
mundo haga el esfuerzo por comprender la
finitud de los recursos planetarios. Lo
planteaba claramente Howard T. Odum en su
obra A prosperous Way Down: Principles and
Policies (Odum y Odum, 2001), donde
manifestaba su preocupación sobre un mundo
con menos petróleo y con limitaciones
naturales y tecnológicas para poder seguir
profundizando su demanda energética. ¿cuán
prospero y pacífico sería ese mundo?, se
preguntaba el sabio. No obstante, Odum no
sólo advierte sobre el desastre inminente,
sino que muestra, caminos y posturas, para
lograr una humanidad más plena con menos
consumo y destrucción de los recursos
disponibles. Joan Martínez Alier, ha
abordado con singular capacidad, la
situación de conflictos y diferentes
lenguajes de valoración entre las economías
latinoamericanas, los grupos corporativos y
las naciones desarrolladas.
A estas alturas, podríamos plantearnos si
existe una economía ecológica con una
impronta sudamericana, y en rigor de verdad,
podemos afirmar que si, que incluso de
alguna manera, antes de la consolidación
formal de la Sociedad, América Latina había
mostrado visos claros de una crítica fuerte
al sistema de transformación despótico de la
naturaleza y de sus gentes.
El baluarte de este movimiento, no sólo
de los pobres, sino también de los
intelectuales y los escritores
latinoamericanos, abreva en Las venas
abiertas de América Latina (una obra que
debería ser obligatorio material de texto,
en las Universidades Latinoamericanas y en
todas las escuelas y colegios de la Región),
donde el escritor uruguayo Eduardo Galeano,
contaba desde un Montevideo de finales de
1970, la historia de las tremendas
inequidades que fue sufriendo la América
Latina, en particular, desde el choque de
dos mundos. Su análisis, pasado y actual, no
sólo plantea el lamento de lo perdido
históricamente, sino las funciones y los
efectos que las actuales organizaciones del
poder global, el papel imperial de los
países, de los gestores de nuestra riqueza
cumplen en este orden que para cambiarlo,
primero hay que conocerlo y comprenderlo.
Es verdad que aún muchos investigadores
en la Región han aplicado instrumentos de la
economía ambiental para sostener analisis
que, siendo parciales igualmente son un
aporte importante para la comprensión de los
modelos de utilización de la naturaleza,
como hicieran hace ya unas décadas el
economista Héctor Sejenovich y su Manual de
Cuentas Patrimoniales (editado por el PNUMA,
México, 1996) o el investigador en temas
ambientales del INTA, Ernesto Viglizzo
(2008), al aplicar la metodología de Robert
Costanza (20) (21) para dar precio (y no
valor, en términos del calculo completo del
valor económico total, VET) a las distintas
ecoregiones de la Argentina.
No obstante, esta visión parcial de las
cuentas de la naturaleza está cambiando
rápidamente y la contabilidad, regional se
enriquece con el aporte de nuevos
instrumentos metodológicos, de abordaje
amplio, como los Sistemas Multicriteriales
desarrollados por el científico italiano
Giuseppe Munda. Falconi y Burbano (2007),
hacen una interesante síntesis de estas
metodologías.
A través del método multicriterio social,
se hace posible intentar capturar “el valor”
más integral de un determinado ecosistema,
en particular cuando existen intereses en
conflicto y las decisiones superan el plano
de la discusión cientifica y ameritan
resoluciones con fuerte participación
político social.
América Latina, está cambiando. El mundo
también, pero no sabemos su rumbo. En el
primer caso, parcialmente aún, con avances y
retrocesos, la Región está más receptiva a
escuchar propuestas más innovadoras,
heterodoxas en muchos casos. Hay, podríamos
afirmar una incipiente escuela de
pensamiento económico ecológico
latinoamericano, que se abreva en los textos
de Leff, Max Neef, Elizalde, Quiroga,
Martinez Alier, Morello, Massera, Pengue,
Barkin, Borrero, Cavalcanti, Muradian,
Altieri y otros tantos, los que desde
diferentes vertientes, estilos (y
disciplinas afines también) presionan por el
fortalecimiento de la educación ambiental de
sus sociedades. Porque la educación, en
todos los niveles y para alcanzar cambios
profundos y duraderos, deberá pasar por lo
ambiental o no será nada (en el sentido que
solo reproducirá el status quo educativo, en
muchos casos participe necesario para que no
haya cambios).
Estos economistas ecológicos, hoy ocupan
las fisuras de la pared del sistema, pero
sus investigaciones y resultados, contrastan
contra una realidad irrefutable, lo que hace
que, siquiera parcialmente, comiencen a ser
escuchados.
Si Argentina, en lugar de apoyarse sólo
en análisis parciales, que intentando
incorporar al ambiente a través de
decisiones de la economía ambiental o
dependiendo de resoluciones de la economía
neoclásica, hubiera abordado la cuestión de
la minería, las pasteras o el desarrollo
regional, utilizando metodologías
multicriterio, hubiera podido ofrecer a su
sociedad y sus decisores del gobierno,
alternativas completas que podrían
soliviantar los fuertes encontronazos que
sufrimos y seguiremos padeciendo.
Desde Rayen Quiroga y el Tigre sin selva
en Chile, pasando por Jacobo Schatan y el
Saqueo de América Latina, viniendo a Walter
Pengue y La apropiación y el Saqueo de la
Naturaleza, se ha intentando mostrar para la
Región, que igualmente tampoco es solamente
importante, mensurar los niveles de daño y
contaminación sino que tanto o más
importante es, revisar que es lo que está
sucediendo con la propia base de recursos:
el suelo, el agua y su biodiversidad, en
términos energéticos y físicos.
El flujo de salida o utilización de
bienes ambientales propios de América
Latina, es multimillonario y se exportan a
valor cero. Cuando escribía para Le Monde
Diplomatique, El vaciamiento de las Pampas,
estabamos mostrando el desagradable
resultado ya palpable de los impactos que
tendría y seguirá teniendo el insostenible
modelo del monocultivo sojero en la Región.
La sombra de Las venas abiertas de América
Latina cubre todo este escenario. Antes
fueron la plata y el oro. Hoy son la soja,
el petróleo o los agrocombustibles.
Así la región hoy exporta millones de
toneladas de nutrientes anuales con sus
granos, con sus carnes, con sus maderas. Es
foco de atracción para el capital
internacional, que compra sus tierras a
precios muchas veces irrisorios (Pengue,
2008) o se aprovecha de sus aguas y la
exporta luego como agua virtual, a lugares y
economías que no cuentan con este recurso.
La región exporta cada vez más materias
primas con escaso valor agregado, crece en
esto en volúmenes considerables, pero no hay
desarrollo.
Increíblemente, a pesar de décadas de
estar hablando de desarrollo, y en las dos
últimas, de citar recurrentemente de
desarrollo sostenible (Common y Stagl,
2008), lo que menos hemos hecho en la
región, es desarrollarnos. Solo hemos
crecido en nuestras cuentas de endeudamiento
y en las exportaciones de materias primas de
todos nuestros países, a costa de su
sobreexplotación y destrucción.
Es una verdad de perogrullo, hablar de
desarrollo sostenible. El desarrollo, si es
verdaderamente desarrollo para que tiene que
llamarse sostenible?
Debería ser claro, que el desarrollo no
implica degradación o destrucción, ni del
capital natural y menos aún del capital
humano, sino más bien, de la recuperación y
restauración, y de la mejora permanente de
ambas situaciones, o no?.
Si desarrollo es “estar bien”, estos
indicadores de bienestar humano, son para la
región latinoamericana, de los más
inequitativos del mundo.
Los programas de desarrollo (en verdad,
para que se desarrolle el Norte), son sólo
parciales y llenos de buenas intenciones.
Pero recordemos que estos programas, que
acercan fondos de organizaciones
supranacionales como el Banco Mundial, el
FMI, el BID, o gestionan fondos para el
desarrollo sostenible y la conservación (BM
GEF), son en muchísimos casos, más
endeudamiento para nuestros países, mejoras
económicas para sus gestores directos y
mayor pobreza y desigualdad para el interior
de nuestras sociedades.
Estas organizaciones deben cambiar
radicalmente para servir a los países, en
particular, los que seguirán en un estado
permanente de sub (desarrollo) sostenible.
Vivir con lo nuestro, decía y sigue diciendo
el respetado economista Aldo Ferrer, sin
abordar la cuestión ambiental. El deterioro
de los términos de intercambio, manifestaba
para la época, esta brillante teoría, el Dr.
Raúl Prebisch, primer director de la CEPAL
pero gracias a quién también, Argentina
entro al FMI. Prebisch fue uno de los
primeros en comprender, si bien no lo
desarrollo, los efectos que las presiones de
las exportaciones, tendrían sobre los suelos
del país.
Más actualmente, lo destaca una
economista ecológica latinoamericana, Rayen
Quiroga (2003), para quién el desarrollo ha
fracasado en América Latina, en todas las
escalas.
No es posible seguir proponiendo las
mismas recetas a problemas viejos y a muchos
otros a los que nos enfrentamos y
enfrentaremos en este siglo. Si este siglo
será el de la sustentabilidad o el de la
revolución de la sustentabilidad (en
definitiva el desarrollo humano siempre
malogrado), la economía ecológica, como
disciplina cientifica transdisciplinar es
una propuesta sólida y madura, para
colaborar en la resolución de la
problemática ambiental.
La crisis con la que comenzamos a
analizar la situación en este artículo,
necesita claramente otra mirada. No es una
mirada de cambios parciales. Es una mirada
de cambios profundos, que no vendrán desde
los mismos sectores que la crearon. Es
posible que estos mismos, viren un poco
hacia una posición de más Estado, más
control, pero no mucho más. No es una mirada
in extenso, hasta alcanzar la comprensión de
la crucial importancia de nuestros recursos
naturales. Estamos como en la nave espacial
de K. Boulding, el ambiente son nuestros
tanques de oxigeno y de combustible, e
increíblemente queremos ir más allá, cuando
los tenemos ya prácticamente vacíos